Boletín No 176

ICCI

Editorial: SOBERANÍA EN RIESGO Y TRABAJO EN OFERTA

Equipo Editorial ICCI

Marzo, mes del Mushuk Nina y el Pawkar Pacha, es necesario escribir con la memoria de las abuelas y la impotencia de quienes miramos cómo intentan rifar el futuro de nuestras llaktas en nombre de una “seguridad” que solo protege al capital. Marzo nos encuentra en un escenario de guerra, pero no solo de esa guerra que anuncian en la televisión con uniformes prestados del norte, sino de una guerra silenciosa contra el estómago, el tiempo y la dignidad de quienes trabajamos la tierra y habitamos la ciudad.

Entendemos que el cuerpo es el primer territorio de resistencia; y, no es posible callar ante quienes pretenden reducir la crisis del Ecuador a un problema de balas. Nos dicen que la cooperación internacional es la salvación, pero si tan solo revisamos la historia de nuestro hermano país, y vemos que el Plan Colombia no trajo paz, sino 12 mil millones de dólares que profundizaron el dolor, pero no detuvieron la droga.

Hoy, el gobierno abraza una intervención militar extranjera mientras el Estado se cae a pedazos. La seguridad no vendrá de las botas norteamericanas; vendrá de la depuración de una justicia corrupta, de una Policía infiltrada y de una inteligencia que hoy se usa para espiar al pueblo y no al crimen organizado. Nos imponen tecnologías de vigilancia masiva bajo el pretexto del “antiterrorismo”, herramientas que, como advirtió la ONU, pueden identificar a cualquier comunero o estudiante como “peligroso” sin derecho a auditoría. Vigilan al pobre, para que el corrupto siga libre.

Mientras nos distraen con el estruendo de los fusiles, por la puerta de atrás, el Ministerio de Trabajo, intenta asestar un golpe mortal a los derechos de los trabajadores. Tras perder en las urnas, porque el pueblo ya dijo NO al trabajo por horas en abril de 2024, ahora pretenden imponer una “jornada eficiente” por vía administrativa.

¿Qué eficiencia hay en trabajar 12 horas diarias para no recibir horas extras? Lo llaman «flexibilidad», pero para los trabajadores en general y las mujeres en particular, significa precarización laboral. El “mutuo acuerdo” no existe cuando hay hambre; es la imposición del empleador sobre el trabajador. Quieren mano de obra barata de la juventud; y, los obligan a registrarse en plataformas estatales para ser canjeados por beneficios tributarios para las empresas de siempre. Frente a todo esto, el camino es organizar la resistencia desde nuestros espacios: pueblos indígenas, trabajadores, mujeres y la ciudadanía en general.

Es fundamental acudir al poder de la palabra. Es decir, establecer de manera urgente y necesaria el diálogo de los distintos sectores sociales y populares del país.

En esta ocasión contamos con la colaboración de tres compañeras, quienes con su caminar sostienen las luchas en cada territorio. Tyana Macas, nos presenta un análisis sobre la primera batucada de mujeres indígenas en el país, como un espacio de artivismo, sanación y resistencia política contra el racismo y el machismo estructural. Sisa Pacari Bacacela Gualán, hace una reflexión profunda sobre la relación entre el idioma Kichwa, la soberanía alimentaria y el rol de las mujeres como guardianas de la biodiversidad y la farmacopea ancestral. Y para finalizar, Ercilia Castañeda, vicepresidenta de la CONAIE, denuncia la catástrofe minera y petrolera, vinculando la violencia extractiva con la desnutrición infantil y la urgencia de fortalecer los gobiernos comunitarios.

WAYUNGA YACHAY: El latido político de las mujeres indígenas en el Ecuador.

Tyana Macas 

En el sonido de un tambor no solo hay ritmo; hay historia, memoria y lucha. Cuando ese tambor es tocado por nosotras, mujeres indígenas, su vibración se convierte en una declaración política, en un acto de resistencia colectiva y en una forma de habitar el mundo desde la dignidad. Así nace y se sostiene Wayunga Yachay, la primera batucada de mujeres indígenas del Ecuador, fundada por Ninari Chimba, quien, desde su experiencia personal y colectiva, ha tejido un proceso organizativo que va más allá de la música.

Un sueño que nace desde la memoria y el territorio

La batucada Wayunga Yachay no surge como un proyecto artístico convencional. Su origen está profundamente ligado a la memoria, a la herencia y a la resistencia de las mujeres indígenas. Ninari Chimba explica que este proceso “nació como un sueño en lealtad y en reciprocidad con mis abuelas, con mi mamá, con las mujeres indígenas rurales que siguen viviendo y resistiendo en nuestras comunidades, con el campo, con mi llakta”.

Este sueño tomó forma en septiembre de 2021, en la comunidad kichwa rural de Agato, en Otavalo, provincia de Imbabura. Allí, junto a Paulina, de la comunidad de Quitugu, y Tania, de Agato, se abrió la primera convocatoria que dio vida a la colectiva. Este proceso no fue improvisado: venía gestándose desde años atrás, a partir de la experiencia de Ninari en espacios de batucada feminista donde, según relata, era la única mujer indígena.

Esa experiencia marcó un punto de inflexión. La ausencia de otras mujeres indígenas en estos espacios no solo evidenció una exclusión, sino que también encendió la necesidad de crear un espacio propio. Así, Wayunga Yachay se configura desde el inicio como un acto de reivindicación: un espacio de activismo musical y político contra la violencia racista, machista, clasista y extractivista. En sus primeras etapas, la colectiva estuvo conformada por 12 runa warmikuna que se reunían todos los domingos en territorio, a las faldas del Tayta Imbabura. Durante tres años sostuvieron este proceso con constancia, compromiso y organización.

Sin embargo, el camino no fue fácil.

Sostener la organización en contextos de desigualdad

A pesar del compromiso, las condiciones materiales y estructurales comenzaron a afectar la continuidad del proceso. Ninari relata cómo la violencia machista, el costo del transporte, el encarecimiento de la vida y las responsabilidades individuales fueron debilitando la posibilidad de sostener encuentros presenciales constantes. Poco a poco, varias compañeras tuvieron que retirarse: “La mayoría tuvo que retirarse. Nos quedamos cinco y después menos”, menciona.

Lejos de significar el final del proceso, este momento se convirtió en un punto de transformación. La decisión fue migrar la colectiva a Quito, adaptándose a nuevas condiciones sin abandonar el objetivo político y comunitario.

En febrero de 2024, se abrió una nueva convocatoria en la capital dirigida a mujeres indígenas migrantes y residentes. A partir de ello, la colectiva volvió a fortalecerse con la participación de mujeres de distintos pueblos kichwas: Otavalo, Panzaleo, Cotacachi, Saraguro, Puruhá y Karanki. 

Actualmente, Wayunga Yachay se reúne todos los lunes en el Instituto de Ciencias y Culturas Indígenas (ICCI), en un espacio prestado que ha permitido continuar con este proceso organizativo. Esta transición refleja una de las características más importantes de la colectiva: su capacidad de adaptación sin perder su esencia política.

Batucar como acto político: romper el silencio histórico

Uno de los aspectos más potentes de Wayunga Yachay es su posicionamiento político claro. No se trata únicamente de hacer música, sino de disputar sentidos en un contexto atravesado por múltiples formas de violencia. Para Ninari, la importancia de que sean mujeres indígenas quienes tocan los tambores radica en el acto mismo de ocupar ese espacio:

“Ser mujeres indígenas haciendo y siendo música, retumbando contra el racismo, 
machismo y clasismo que nos atraviesa desde que somos wawas,
es reivindicar 
que nuestra juntanza no es simple, no es pasajera ni superficial”.

La batucada se convierte así en una práctica cotidiana de resistencia. En cada ensayo, en cada presentación o, en cada encuentro, se construye un espacio que rompe con el aislamiento, el silencio y la fragmentación que históricamente han sido impuestos a las mujeres indígenas. Lejos de ser un acto simbólico aislado, aquí, la música es una herramienta de organización, acompañamiento y denuncia. Es una forma de decir: estamos aquí, juntas, visibles, organizadas. Como lo describe Ninari:

“Cantando, batukeando, gritando, riendo, acompañándonos
y organizándonos”, se configura una práctica política que desafía las
estructuras de poder.

Motivaciones en tiempos de crisis y desmovilización

Sostener un proceso como Wayunga Yachay implica enfrentar no solo dificultades materiales, sino también un contexto político y social complejo. Ninari señala que su motivación para continuar está profundamente relacionada con el avance de sistemas de opresión como el fascismo, la blanquitud y el patriarcado, que se fortalecen a partir de la división, la individualidad y la desmovilización social.

En este escenario, la existencia de la colectiva no es opcional, sino necesaria. Wayunga Yachay se define como la única batucada de mujeres indígenas del país con una postura política militante frontal en defensa de los derechos de la naturaleza, las mujeres, las diversidades sexo-genéricas y los pueblos originarios. Desde esta perspectiva, la música se convierte en una forma de incidencia. No solo amplifica las luchas sociales y ambientales urgentes, sino que también construye redes de apoyo entre mujeres indígenas racializadas que habitan la ciudad.

“Genuinamente merecemos espacios de artivismo de mujeres indígenas para mujeres indígenas en la ciudad”, afirma Ninari. En este sentido, Wayunga Yachay no solo llena un vacío en el ámbito artístico, sino también en el organizativo y afectivo.

Un futuro que se expande: formación, territorio y red

Pensar en el futuro de Wayunga Yachay es imaginar un proceso en constante crecimiento, tanto en lo musical como en lo político. Ninari plantea varios horizontes claros:

En primer lugar, consolidar la colectiva como un espacio sostenible en el tiempo, con una formación política y musical de alto nivel, que significa, no solo perfeccionar la práctica artística, sino también seguir disputando los imaginarios racistas y machistas
presentes en la escena cultural del país.

En segundo lugar, busca ampliar las herramientas musicales incorporando instrumentos andinos como la quena, fortaleciendo una propuesta artística integral capaz de incidir en distintos espacios: desde las calles hasta escenarios hegemónicos, pero también en las comunidades de origen. El regreso al territorio es una aspiración clave: la intención es que la experiencia acumulada pueda compartirse en las llaktas, generando procesos de formación y emancipación para otras mujeres indígenas. Esto incluye la creación de escuelas de formación política-musical que fortalezcan luchas como la defensa del agua, las semillas nativas, la memoria histórica, los derechos sexuales y reproductivos, y la lucha contra la violencia sexual y los feminicidios.

Finalmente, el horizonte se expande hacia la construcción de redes en otros territorios de Abya Yala/Latinoamérica, conectando con otras mujeres indígenas defensoras de derechos humanos y de la naturaleza.

La batucada como camino de sanación y memoria

Más allá de su dimensión organizativa y política, Wayunga Yachay tiene un profundo significado emocional y espiritual. “Para mí significa un chaki ñan musical de lucha restaurativa, de juntanza, manada, y ñañaridad que nuestras mamás y abuelas injustamente no tuvieron”, expresa Ninari.

La batucada se convierte en un espacio de reparación histórica. Un lugar donde se honra la lucha de las generaciones anteriores, mientras también se construyen nuevas formas de estar juntas, de acompañarse y de resistir. Es, además, un camino de reivindicación interseccional e intergeneracional, donde se entrelazan distintas luchas y experiencias. En este sentido, Wayunga Yachay no solo produce música: produce comunidad, memoria y futuro.

Un latido que continúa

Wayunga Yachay es más que una batucada, es un proceso vivo que late al ritmo de la resistencia, la organización y la esperanza. En cada golpe de tambor resuena la historia de quienes estuvieron antes, la fuerza de quienes están ahora y la posibilidad de quienes vendrán. En un contexto marcado por la desigualdad, la violencia y la desmovilización, su existencia nos recuerda que la colectividad sigue siendo una herramienta poderosa; que el arte es una forma de lucha y que, cuando las mujeres indígenas se organizan, el sonido no solo se escucha: se siente, se expande y transforma.

Puesto que lo personal también es político, debo mencionar que ser parte de Wayunga Yachay desde hace casi dos años me ha permitido experimentar en carne propia todo aquello que Ninari nombra. Este espacio ha sido para mí un lugar de sanación, de resistencia y de sostén. En medio de un contexto urbano que muchas veces fragmenta y desvincula, la batucada se ha convertido en un tejido colectivo que me ha acercado profundamente a lo que significa ser runa warmikuna hoy. Es aquí donde la música se entrelaza con la memoria, la lucha y el acompañamiento, reafirmando nuestra identidad de manera viva y compartida. Desde esa experiencia, no solo reconozco la fuerza de este proceso, sino que admiro profundamente a Ninari y a la colectiva que ha logrado sostenerse, y me siento orgullosa de ser parte de este camino que sigue latiendo y creciendo.

La mujer Palabra-Semilla: Conocimientos y alimentación. 

Sisa Pacari Bacacela Gualan

En el marco del decenio de las lenguas maternas, el Día Internacional de la Mujer y la celebración del Pawkar Raymi, es prioritario reflexionar desde el silencio en el cual va quedando el idioma materno. Esta pérdida afecta directamente los conocimientos, saberes, memoria colectiva, identidad, valores y principios. Durante siglos, las sabidurías de los pueblos nativos han sido silenciadas, negadas, reducidas. Ha sido una lucha permanente por la sobrevivencia de la cultura y la espiritualidad como eje de comunión y conexión con todos los seres “gente” de la Madre Tierra.

Desde la invasión hasta nuestros días, vivimos la imposición de un sistema colonial y capitalista- neoliberal que nos ha colonizado, nos ha llevado al camino del individualismo y consumismo. El colonialismo es una epidemia que lo afecta todo; es una pandemia permanente que va colonizando a las comunidades y pueblos a través de la urbanización y otros procesos que fragmentan y desintegran la organización tradicional (B. Maldonado, 2025).

Nuevas formas de imperialismo, autoritarismo, racismo y control tecnológico disputan hoy nuestros territorios, agua, minerales y otros recursos, impactando y amenazando directamente a los pueblos indígenas, las comunidades, los territorios y la naturaleza. En medio de la actual crisis de violencia estructural, donde destacan el genocidio y ecocidio, es indispensable analizar cómo los pueblos originarios hemos podido resistir.

Es necesario enfatizar la relación del ser humano con la tierra y el equilibrio de las personas con el entorno. El territorio no es únicamente una delimitación geográfica; es el espacio que cubre la totalidad del hábitat que los pueblos y naciones originarias ocupan y utilizan. Es el espacio que nos provee todas las posibilidades de vida desde una visión integral (Proyecto Político del movimiento indígena). En este hábitat, la comunicación se realiza en lengua propia.

La práctica y mantenimiento de la lengua materna es parte del cumplimiento de los derechos colectivos por las instituciones del estado-nación, las autoridades comunales y sus hablantes. La defensa de nuestras lenguas originarias está ligada al territorio, así como a la educación propia y con un currículo elaborado desde las particularidades de cada comunidad, pueblo y nacionalidad. El territorio es fundamental para la sobrevivencia y el ejercicio de los derechos colectivos, porque allí se recrea la cultura, la lengua y el sistema del derecho propio. La relación con la tierra es un elemento material y espiritual. Es la casa en el cual nos comunicamos con los seres del espacio y los espíritus de los antepasados.

En el idioma kichwa la división del tiempo se siente diferente, así el pacha yalliriy, o pacha yallinay, muestra el transcurrir del tiempo que es fundamental para las actividades, ceremonias y rituales. El tiempo y espacio en los Andes se concibe en forma cíclica, la vida se organiza en ciclos agrícolas y rituales que marcan el ritmo de las comunidades. El calendario agrícola guiado por el sol, la luna y las estrellas determina las siembras y cosechas estableciendo un pacto entre las personas y la naturaleza. En los Andes, para cultivar se realizaba un estudio astronómico y lunar, además, del tipo de los suelos para los determinados cultivos. Se conocía estrategias de cómo proteger los cultivos de las plagas, o “lanchas”. Por ejemplo, se sembraban plantas de sauco blanco alrededor de los terrenos de cultivo, para que estos sean de protección y repelente de insectos, larvas y hongos que afecten a los cultivos. Así mismo, el molle (Schinus molle) planta sagrada que cumplía la función de repelente de las enfermedades de los cultivos. Además, sus frutos servían para hacer chicha. Estos conocimientos etnobotánicos y astronómicos fueron décadas de investigación y experimentaciones.

Cada estación trae festividades y rituales que refuerzan la unión con los dioses tutelares, como los Apus. En Pawkar Raymi, el Pawkar Pacha, época del florecimiento, de los granos tiernos y el mushuk nina, se realizaban ceremonias y rituales familiares y comunitarios. El mushuk nina tiene que ver con el fuego que las mujeres (priostas) llevaban a los hombres (S. Bacacela, 2010).

Las mujeres han cumplido un papel muy importante en la transmisión y conservación de la cultura y el idioma kichwa. Nuestras ancestras fueron muy sabias y fuertes para dejarnos caminos de liberación, y sobre todo conocimientos sobre agricultura, medicina, alimentación, el manejo de la genética, artes, artesanías, como los tejidos, los ramos florales.

Las mujeres -semillas han detenido el hambre gracias al ingenio de cuidar y la perseverancia de su compartir a través del lenguaje. Ellas han tejido caminos de vida, luz. En este mes de marzo recordamos su trayectoria y sus luchas; honramos a las mujeres que cuidan, que crean, que sostienen, que sanan, que enseñan, que transforman, que mantienen las semillas, que luchan por los territorios porque ellas han sostenido en forma silenciosa la vida, son memoria, matriz. Son capaces de regenerar, incluso cuando todo parece quebrado. Las mujeres desde siglos atrás lucharon y luchan contra el colonialismo y racismo que ha despojado a miles de comunidades, pueblos de sus territorios en nombre de “desarrollo capitalista”. 

Hablar Kichwa no es solo saber, es fomentar una postura de resistencia y emancipación. No es una simple herramienta de transmisión, sino un proceso de transformación que permite a enfrentar y desafiar las estructuras coloniales y de opresión. Es un acto de vida y un modo de estar en el mundo, entrelazado con las luchas y esperanzas de los pueblos indígenas (C. Walsh, 2026).

Nuestra sobrevivencia se debe al sentido comunitario. La comunidad es un tejido donde todos tienen un rol; nadie está solo. La ayuda mutua fortalece los lazos entre familias y asegura que las necesidades de cada miembro sean atendidas. El trabajo colectivo, más que un medio de subsistencia, es una expresión de solidaridad y equilibrio social.

Los saberes sobre la tierra, el clima, las plantas medicinales, la alimentación y los tejidos, no son solo técnicas heredadas, sino una forma de dialogar con el mundo. La oralidad y la memoria colectiva mantienen vivas estas enseñanzas, transmitiéndolas de generación en generación. En este proceso la mujer ha jugado un papel fundamental como cuidadora del idioma, ya que en su lengua materna reside toda la descripción detallada de las semillas, las plantas, los animales, las enfermedades, las formas de sanación y las estrategias de cuidado. La salud es intrínseca a la alimentación; todo está ligado a la tierra. De ahí que la salud de las personas y la salud de la Madre Tierra constituyen una Sola Salud.

La alimentación es vivenciada como personas que crían a los humanos y, a su vez, son criadas por estos (G. Kenjifo, 1999). Como dijo Heráclito: no existe separación; todos forman un TODO continuo donde ninguno se impone ni anula al otro, por el contrario, entre ellos prima el equilibrio. Por eso, es necesario cuestionarnos cómo la pérdida de nuestras semillas y plantas nativas — que influyen en la alimentación actual — tiene que ver con la pérdida del idioma Kichwa.

Hemos sustituido nuestra soberanía por comida chatarra proveniente de grandes empresas, las cuales han creado necesidades para los sectores empobrecidos y las comunidades indígenas, cuyos resultados son enfermedades y dependencia de drogas. En las décadas del siglo pasado, recuerdan las mayores, que la salud y la alimentación y/o necesidades se resolvía en familia o comunidad; no se recurría a la farmacia, tenían su propia farmacopea. La salud era un pilar fundamental en la vida de las comunidades, por eso se ayunaba 4 veces al año; un ayuno de tres días para eliminar las toxinas del cuerpo y fortalecer el espíritu. De esta práctica, en la memoria colectiva del pueblo Saraguro, persiste, el ayuno dos veces al año, para iniciar la cuaresma y el viernes santo.

En las comunidades se conocían muchas especies y familias botánicas, de las cuales unas eran alimenticias, medicinales, madereras, para la construcción y sagradas, a continuación, presento algunas de ellas.

Veamos algunos nombres de comida tradicional: zhiri choklo. walus, paruk, kauka, muti patashka, sarakutita, sankus, lukrus, repelukru, api, mazamorra, champús, chuchuka, nabos kururu, kamcha, huk nishka, chicha principal, guzhuk (chicha tierna), chanfaina, etc.

Otras plantas como: toronjil, manzanilla, pimpinilla, penas, escancel, tikraysillos, atako sankurachi, borraja blanca y azul; mortiños, chichira blanca y negra. 

Si nos referimos a plantas nativas que se están perdiendo: Plantas de payama, sarar, canelo, romerillo, pakarku, jeruro, wawel, mullón, sacha capulí, puchik; planta de tikna (tres filos), manzanilla negra y blanca, perlillas, joyapa, salapa (su fruto sirve para expulsar parásitos porque tiene piperazina), tulapa, entre otros.

Los conocimientos de los alimentos y plantas medicinales están en riesgo, porque cada vez vamos perdiendo nuestra lengua kichwa y por eso me permito hacer algunas sugerencias o propuestas:

  • Como primer punto, elaborar una ordenanza desde los GADs locales para proteger y promover el sistema agrícola de nuestras chakras y la recuperación de las semillas y plantas nativas.
  • Que los estudiantes de décimo de básica y de tercero de bachillerato como proyecto pueden criar un vivero de plantas y semillas nativas, para un intercambio en las comunidades. Ya que los conocimientos y saberes debería ser parte fundamental de los currículos, como hilos de vida, centrados en la vida comunitaria. Tener una educación centrada en el cuidado de la vida, el cuerpo y el territorio.
  • Un currículo con la construcción colectiva de personas mayores, autoridades comunitarias, padres y madres de familia, promoviendo una educación comunitaria que sirva como herramienta de resistencia y descolonización, un espacio para la revitalización cultural. Es importante incorporar los saberes comunitarios y las luchas de las comunidades y pueblos para que maestras y maestros tengan un material de trabajo.
  • Revitalización del idioma kichwa para recuperar los conocimientos ancestrales sobre varios campos. En esa reflexión y sentimiento este año la comunidad Chukidel tiene planificado dos veces por semana un intercambio de saberes en lengua kichwa con todos y todas quienes se sienten comprometidos en aprender y compartir.
  • Documentar los nombres de las plantas, semillas, flores, con los nombres propios de la zona y región.
  • Las autoridades comunitarias deberían aprovechar la presencia de estudiantes universitarios que llegan a las comunidades por el Programa “Vinculación con la sociedad y las comunidades, previo a la graduación, que levanten investigaciones sobre la botánica, la farmacia natural, la técnica de los tinturados y otros conocimientos; un censo estadístico comunitario de poblaciones.

Es necesario re-pensar el cumplimiento y exigencia de los derechos colectivos, reconocidos en la Constitución y los instrumentos internacionales, especialmente la autodeterminación que permita una economía solidaria. Y ello implica salirnos de lo individual y volver a lo comunitario, valorando nuestra economía basada en el trueque, el intercambio, la solidaridad y la minga comunitaria.

En definitiva, en un mundo donde la modernidad avanza con rapidez, recuperar y mantener los sistemas alimenticios y de sanación es cuidar nuestros cuerpos y la matriz gestante y palpitante de la Tierra. Esto nos encamina hacia el buen vivir andino, que es un modelo de resistencia y sabiduría. Su esencia nos recuerda que el bienestar no está en la acumulación, sino en la armonía con la vida, los comuneros y comuneras, el respeto a la Madre Tierra, la fortaleza de la comunidad y la organización.

Sin comunidad no hay vida; “la comunidad es Todo” como afirmaba tayta Miguel Bacacela Q. De ahí que la re-constitución de las comunidades y la descolonización sean pasos esenciales para una educación verdaderamente transformadora y liberadora. Solo una educación descolonizada podría conducirnos a la transformación profunda y a alcanzar el buen vivir que tanto anhelamos.

Por ello, es necesario revisar y cuestionar el sesgo racista y clasista de la sociedad en todos sus espacios; debemos sensibilizar a la sociedad en general que, sin Pueblos Indígenas no hay futuro posible. Necesitamos recuperar el mundo que llevamos en nuestras memorias ancestrales, nuestra cosmovisión biocéntrica focalizada en la Madre Tierra, y romper los márgenes civilizatorios del eurocentrismo, desechando el antropocentrismo. Esto implica un cambio profundo a nivel individual, familiar y comunitario; transformar nuestra energía-materia para volver a nosotros mismos y, así, ser otros seres humanos. Nuestras mamas tuvieron valentía, dignidad, lucha y amor por la comunidad; ellas abrieron los caminos que hoy transitamos y los que vendrán en el futuro.

CUERPOS Y TERRITORIOS EN RESISTENCIA: LA DEFENSA DE LA VIDA FRENTE AL AVANCE DEL DESPOJO

Ercilia Castañeda

Esta ocasión nos convoca la necesidad de reflexionar sobre las mujeres que dan vida. Una de las características fundamentales de los pueblos indígenas en América Latina y en Ecuador es la defensa por la vida, por el territorio y la naturaleza. La Constitución del 2008 reconoce los derechos de la naturaleza; sin embargo, persisten conflictos profundos que afectan directamente a las mujeres.

Como menciona Taita Luis Macas, “hay que comprender la integralidad del territorio.” A veces pensamos que el territorio es solo lo físico, algo relacionado con organización territorial a nivel del cantón, la provincia, la comuna o la división administrativa”. Pero el territorio va mucho más allá: empieza con el cuerpo. El cuerpo de las mujeres debe estar en armonía, sanado y libre de violencia.

No somos dueños de la tierra, la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella, porque nos vio nacer y cuando muramos nos va a recoger. En esa relación, muchas veces nos olvidamos de la mujer dadora de vida, partiendo de la indignación, no solo desde el derecho individual, sino desde lo colectivo.

Las feministas y luchadoras de género nos indignamos —y está bien que así sea— porque 7 de cada 10 mujeres son sobrevivientes de violencia, porque 3 de cada 10 mujeres profesionales sufren violencia laboral, 5 de cada 10 mujeres son violentadas por sus esposos, o porque 88 niñas entre 13 y 18 años dan a luz cada día. Esa indignación es necesaria, pensando en la mujer como el ser que da vida. Pero también es urgente indignarnos porque el 60% de las fuentes de agua en la Amazonía están contaminadas con E. coli, eso no se arregla solo con echarle más cloro al agua para tomarla; en esas fuentes el agua es vida, parece que ahí nos olvidamos de la indignación.

40% de niños indígenas padecen desnutrición crónica infantil4, afectando y truncando la vida de los niños. Existen programas asistencialistas, pero no existe una política real que combata esto de forma integral. Si vemos el mapa del catastro minero en el Ecuador, toda la parte andina —donde habita la mayoría de los pueblos indígenas— está marcada en rojo, es decir la madre de todos está sangrando debido a políticas extractivistas promovidas por el Estado.

Es importante respondernos: ¿No será que eso afecta al territorio donde se desarrolla la vida, la cultura y la espiritualidad? En la Cascada de Peguche, por ejemplo, los músicos comúnmente hacen rituales y baños con sus instrumentos, porque es un espacio espiritual y energético, pero en la actualidad, ahí se descargan 14 plantas de alcantarillado, ¿cómo se construye la identidad? ¿Cómo se desarrolla la parte identitaria si el agua y toda la cascada está contaminada?

Si cruzamos los mapas, vemos que, donde está el petróleo en la Amazonía, en donde están el mayor número de nacionalidades; y la minería en la Sierra, coinciden los mayores índices de desnutrición crónica infantil. Esto afecta al ser humano y a la naturaleza en general. A esto se suman las inmobiliarias y las agroindustrias que asfixian los territorios ancestrales y la Madre Naturaleza. 

Decimos que los pueblos indígenas somos duales o complementarios, pero también es necesario cuestionarnos. En la actualidad, aún existen matrimonios arreglados de niñas de 15 años. Nosotros somos defensores de la consulta previa, libre e informada, y yo me pregunto: ¿es voluntario que una niña sea entregada en matrimonio a esa edad? ¿Decidió ella? Si esa decisión no ha sido voluntaria, eso es violencia sexual.

Es, similar a cuando nos dicen que el extractivismo es por nuestro bien: que impulsa la inversión, incrementa las ventas y genera empleo. Esa es una forma de dominación. En los territorios, tanto el cuerpo de las mujeres afectado por la violencia, como la desnutrición y la explotación de los recursos, son parte de lo mismo. No deberíamos hablar de “recursos naturales”, sino de bienes naturales. El agua no es un recurso, es un elemento vital que garantiza de vida.

Frente a la dominación, el control y el extractivismo, ¿qué hacer? Continuar con la defensa de la vida mucho más allá del “recurso”. Es vital fortalecer a los gobiernos comunitarios, la administración de la justicia indígena y los derechos colectivos; que estos permitan también definir su propio desarrollo, al parecer, un nuevo sentido económico se está determinando desde hace mucho tiempo. El sentido económico capitalista nos está terminando; parece que solo queremos dinero para pagar y resolver problemas de forma individual, dejando de lado la vida. Antes, para solventar las festividades o compromisos, existía el randi-randi (dar y recibir) en la familia o con la comunidad. No era solo trabajo, era un espacio de comunicación y transmisión de saberes. Se enseñaba que esta hierbita sirve para este remedio. Mi mamá decía que para hacer la chicha no es solo hervir harina y panela; si el estómago es sensible, hay que echar clavo para que sea cálido, o unas hojas de granadilla para que sea fresco.

Ahora, como todos queremos ser individuales y estar solos, todo eso se está perdiendo. Es necesario recuperar esa campaña permanente y defender la vida como un espacio de sanación, organización y desarrollo de la identidad.

Un gobierno comunitario fortalecido no es solo para cobrar la tasa del agua. La gestión comunitaria implica desde la siembra y la cosecha del agua hasta su distribución. Cuando la empresa pública asume el agua, solo ve conexiones, medidores, multas y sanciones. Si hay un incendio en la parte alta, mandan a los comuneros a apagarlo, ¿Acaso solamente afecta la comunidad?, no entienden que ese “colchón” o “esponja” de los páramos es lo que recoge el agua para todos.

Pensando desde la economía, necesitamos potenciar la producción agroecológica, el turismo comunitario y la soberanía alimentaria. Nos dicen que Imbabura es Geoparque Mundial y eso está bien, pero luego quieren meter la minería para que “haya ingresos”. Es una contradicción que nos afecta en conjunto.

El gran rol de los pueblos y nacionalidades es enfrentar este extractivismo y estas violencias estructurales. Por eso es necesario que hombres y mujeres caminemos juntos, sin separarnos, porque no estamos en contra de unos u otros.

Estamos frente a leyes y autoridades que, aunque dicen consultar, ponen plazos burocráticos de 180 días que pasan rápido, y terminan aprobando proyectos por silencio administrativo. Los desafíos que nos esperan son grandes. Insisto: hay que entender el territorio –cuerpo y tierra– en su integralidad, mucho más allá del tema geográfico.

Yupaychani kikinkuna killkakatinamanta!

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