Bienvenidos al "Instituto de Ciencias y Culturas Indígenas"
A lo largo de mi vida, mi pensamiento ha sido esculpido por manos que sostienen tizas y mentes que no se cansan de preguntar «¿por qué?». Desde la calidez de la escuela primaria, pasando por los desafíos críticos del colegio, hasta el rigor intelectual de la universidad, he tenido la fortuna de cruzarme con maestros que no solo dictaron lecciones, sino que construyeron sueños.
Hoy los recuerdo con profunda gratitud: Irma, Julio, Arturo, Martha, Mario, David, Rafael, Francisco; hombres y mujeres que han dejado huella en mí y en tantos otros compañeros de aula. Ellos me invitaron a razonar, a dudar y a entender que el conocimiento es la única herramienta capaz de romper las cadenas de la ignorancia.
Para mí, esta conexión es profunda y genética: soy hija de una maestra. Crecí siendo testigo de una vocación inquebrantable; de ese amor por niños ajenos que se sienten como propios. Crecí mirando la preocupación constante no solo por el material de clase, sino por hallar soluciones a las realidades complejas que cada estudiante cargaba en su mochila. Vi de cerca cómo, muchas veces, ella tuvo que soltar las manos de sus propios hijos para sostener las de otros. Siempre sentiré el orgullo de saber que ella, con su paciencia y entrega, forma vidas.
Sin embargo, la gratitud no me ciega; me indigna. Quienes forjan el camino de todos los profesionales del país son, paradójicamente, los menos valorados por el Estado. Mientras el Gobierno destaca «inversiones» en uniformes y becas en eventos públicos, las cifras cuentan una historia de abandono sistémico. La realidad del magisterio no se resuelve con fotos oficiales, sino con justicia salarial y dignidad.
La crisis es estructural y se resume en datos que duelen:
Lo más alarmante es que la labor docente se ha convertido en un acto de resistencia física. Entre enero de 2025 y abril de 2026, siete docentes han sido asesinados por la delincuencia. A esto se suman las denuncias registradas por la UNE: 500 entre 2023 y 2024, y otras 200 solo en el primer trimestre de 2025, por delitos de extorsión, secuestro y amenazas dentro del entorno escolar.
«Ser docente en Ecuador hoy no puede ser un sacrificio heroico ni una sentencia de muerte; debe ser una profesión digna y segura».
El déficit de profesionales es crítico. Según la UNAE, faltan 64,000 docentes, un vacío agravado por la salida de 18,000 profesores que no han sido reemplazados. Esta carencia golpea con más fuerza a la educación rural, donde el número de maestros cayó de 57,000 a 50,000 en el último ciclo, y al sistema de Educación Intercultural Bilingüe, que sobrevive sin autonomía ni materiales en lenguas propias.
Esta precariedad se traduce en abandono: el último ciclo escolar reportó 72,644 estudiantes que dejaron las aulas. En provincias como Morona Santiago, la tasa de abandono alcanza el 5.21%, una cifra que debería avergonzar a cualquier administración.
Las exigencias, impulsadas firmemente por la Unión Nacional de Educadores (UNE), no deben leerse como simples peticiones gremiales, sino como el piso mínimo de dignidad que el Estado está obligado a garantizar. Como sociedad, debemos entender que fortalecer el magisterio es fortalecer la democracia misma.
Por ello, respaldamos con urgencia la demanda de un alza salarial acorde a la inflación, la entrega de nombramientos definitivos, una inversión real en infraestructura y seguridad, y el cumplimiento estricto de la Transitoria 74, la equiparación y los bonos jubilares.
Por el Día del Maestro, no queremos más propaganda. El Gobierno les debe a los docentes condiciones dignas. No podemos hablar de «futuro» cuando los arquitectos de ese futuro viven bajo amenaza, con sueldos de hace una década y en escuelas que se derrumban. Hoy hacemos un llamado a declarar la educación en emergencia. Por mi madre, por mis maestros y por los que vendrán: ¡Justicia para el magisterio ya!