Artículos Raíces y Resistencia

Una mirada propia al Feminismo: Mujeres de pueblos y nacionalidades, Plurinacionalidad y el Desafío al Patriarcado Colonial.

                                                                                                                                                                   Katik Macas

Hablar del 8 de marzo desde la piel de una mujer runa, que por la colonización nos dijeron indígena, no es solo conmemorar una fecha en el calendario global; es realizar un ejercicio de memoria profunda y resistencia política. Vuelven a mi memoria preguntas que han surgido en diversos contextos: “¿Eres feminista?”. En esos momentos, suelo quedarme en un silencio reflexivo antes de contestar. No es falta de convicción, sino una respuesta compleja. Surge entonces un análisis necesario sobre nuestra identidad: somos mujeres de pueblos y nacionalidades, muchas de nosotras habitando la urbe, marcadas por la precariedad y por violencias estructurales que se superponen, es decir, con una identidad étnica definida, pero también con una conciencia de clase, y bajo los cánones construido en el ámbito de género. ¿Qué tan “feminista” se puede ser cuando se habita un cuerpo de mujer runa – kichwa, del sector urbano, empobrecida y sobreviviente de múltiples formas de violencia? Para responder, es necesario analizar las conquistas femeninas a la par de las conquistas de los pueblos y nacionalidades.

Para nosotras, la lucha no comenzó con la modernidad occidental. Nuestra genealogía de resistencia viene de mucho antes, de la defensa del territorio, de la lengua y de la vida comunitaria. Sin embargo, reconocemos que el feminismo ha abierto puertas históricas. Por ello, este texto no busca el aislamiento, sino el diálogo crítico. Queremos analizar las conquistas femeninas globales a la luz de las realidades de las mujeres indígenas en el Ecuador, para entender que, si bien compartimos un género, no siempre compartimos las mismas urgencias ni las mismas memorias de despojo. Se trata de situar nuestra voz para que la plurinacionalidad no sea solo un concepto jurídico, sino una práctica de respeto a nuestras diversas formas de ser mujer y de hacer política.

De la historia del voto hacia el despertar político.

Reconozco y saludo las luchas feministas libradas por años. Agradezco el derecho al voto, pero la historia nos obliga a mirar las costuras de ese derecho. En 1848, el movimiento sufragista en Estados Unidos abogó por el “sufragio igual” basado en el género. En Ecuador, la pionera fue Matilde Hidalgo de Procel en 1924, ya que la Constitución de 1906 no especificaba el sexo para la ciudadanía, solo requería ser mayor de 21 años y saber leer y escribir.

Reconozco y saludo las luchas feministas libradas por años. Agradezco el derecho al voto, pero la historia nos obliga a mirar las costuras de ese derecho. En 1848, el movimiento sufragista en Estados Unidos abogó por el “sufragio igual” basado en el género. En Ecuador, la pionera fue Matilde Hidalgo de Procel en 1924, ya que la Constitución de 1906 no especificaba el sexo para la ciudadanía, solo requería ser mayor de 21 años y saber leer y escribir.

Con el Levantamiento de 1990, el Movimiento Indígena se posicionó como un actor político contundente bajo la propuesta del Estado Plurinacional. En 1994, la movilización contra la privatización de la tierra y el agua dejó clara una consigna: «Nada solo para los indios»; queríamos transformar completamente la estructura del Estado uninacional. En el contexto de esta movilización y por la presión social se llevó a cabo una reforma electoral.

La reforma electoral de 1994 permitió que las organizaciones sociales y los pueblos indígenas postularan candidatos sin depender de los partidos tradicionales de las élites. Así, tras los grandes levantamientos de 1990 y 1994, la CONAIE —junto a sus regionales ECUARUNARI, CONFENIAE y CONAICE— comprendió que la lucha en las calles debía complementarse en las urnas.

A finales de 1995, se fundó oficialmente el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik – Nuevo País (MUPP) para participar en las elecciones de 1996. Esta fue una alianza histórica que incluyó a la CONAIE, la Coordinadora de Movimientos Sociales (CMS), la cual agrupaba a gremios de trabajadores, barrios populares, comités de vivienda, grupos de mujeres, ecologistas e intelectuales de izquierda. Asimismo, la FENOC-I (hoy FENOCIN) se sumó a esta coalición para representar al sector campesino y a la población afro ecuatoriana e indígena de la costa y la sierra.

En las elecciones de 1996, por primera vez, vimos en el Congreso no solo ternos y corbatas, sino nuestros ponchos, anacos y sombreros. La elección de Luis Macas como el primer diputado indígena nacional marcó un hito que rompió el aislamiento político de nuestros pueblos y cambió la cara de la política ecuatoriana.

En este escenario, la participación femenina ha sido vital, pero quiero recalcar que la nuestra no nació en las urnas; es una lucha colectiva de hombres, mujeres, jóvenes y niños. Sin embargo, disputar la vocería y la representación dentro de nuestras propias organizaciones ha sido una “lucha dentro de la lucha”. Recordamos a la compañera Blanca Chancoso, primera Secretaria General de la Ecuarunari (máxima autoridad en su tiempo), y a Nina Pacari, primera mujer indígena diputada y vicepresidenta del Congreso en 1998. Ellas rompieron el estereotipo de que la mujer runa – indígena solo pertenecía al campo o al servicio doméstico.

Aun así, debemos ser autocríticas: haber pasado por las filas del Movimiento Indígena o ser mujer no garantiza el cumplimiento de los principios del proyecto político, ni la construcción de un Estado Plurinacional ni del cumplimiento de una agenda de género. La identidad debe ir acompañada de coherencia política.

Soberanía de los cuerpos y justicia reproductiva.

Aun así, debemos ser autocríticas: haber pasado por las filas del Movimiento Indígena o ser mujer no garantiza el cumplimiento de los principios del proyecto político, ni la construcción de un Estado Plurinacional ni del cumplimiento de una agenda de género. La identidad debe ir acompañada de coherencia política.

Bajo la premisa racista de que la pobreza se solucionaba «reduciendo bocas», se cometieron crímenes atroces. En Perú, durante los años 90, se esterilizaron a más de 200,000 mujeres quechuas y aymaras sin su consentimiento. En Ecuador, el Instituto Lingüístico de Verano (ILV) operó desde los años 50 como una avanzada colonial en la Amazonía, especialmente en la zona de los Waorani, Kichwas y Shuar, facilitando la entrada de petroleras, como Texaco-Gulf. Diversos estudios e informes del movimiento indígena han señalado prácticas de eugenecismo encubierto como las esterilizaciones encubiertas. Se documentaron ligaduras de trompas y aplicaciones de dispositivos (DIU) bajo engaños, diciéndoles a mujeres que no hablaban español que eran “vitaminas” o “curas”.

La lucha contra el ILV fue una de las chispas que unificó a las nacionalidades de la Amazonía y la Sierra, consolidando la fuerza política que hoy conocemos. La presión del movimiento indígena, fue clave. Jaime Roldós Aguilera los expulsó formalmente en 1981, fue un acto de soberanía nacional. El ILV fue formalmente expulsado, pero sectores de la derecha y gobiernos posteriores como el de Febres Cordero, permitieron que siguieran operando bajo otros nombres o estructuras religiosas.

Intervenir el útero de una mujer de pueblos y nacionalidades sin su permiso es un intento de borrar una nacionalidad. Mientras el feminismo occidental se centra en el «derecho a no tener hijos», nosotras luchamos por la Justicia Reproductiva: el derecho a decidir si queremos tener hijos, a parir en condiciones dignas y a criarlos en nuestra propia cultura y territorio. Impedir nuestra descendencia es una forma de etnocidio silencioso.

Educación y vestimenta: Campos de batalla diarios.

Originalmente, la educación en las zonas rurales se implantó con el objetivo de “civilizar” a las poblaciones indígenas y campesinas. Frente a esto, la Educación Intercultural Bilingüe (EIB) emergió desde la resistencia, naciendo en las escuelas clandestinas de los páramos de Cayambe de la mano de Dolores Cacuango. Si bien en 1988 se creó oficialmente la Dirección Nacional de Educación Intercultural Bilingüe – DINEIB, hoy contamos con una Secretaría del Sistema de Educación Intercultural Bilingüe (SESEIB) que, lamentablemente, carece de la autonomía y los recursos necesarios para fortalecer verdaderamente la formación en las comunidades.

Originalmente, la educación en las zonas rurales se implantó con el objetivo de “civilizar” a las poblaciones indígenas y campesinas. Frente a esto, la Educación Intercultural Bilingüe (EIB) emergió desde la resistencia, naciendo en las escuelas clandestinas de los páramos de Cayambe de la mano de Dolores Cacuango. Si bien en 1988 se creó oficialmente la Dirección Nacional de Educación Intercultural Bilingüe – DINEIB, hoy contamos con una Secretaría del Sistema de Educación Intercultural Bilingüe (SESEIB) que, lamentablemente, carece de la autonomía y los recursos necesarios para fortalecer verdaderamente la formación en las comunidades.

En cuanto a la educación superior, a pesar de su supuesto libre acceso, la presencia de estudiantes de pueblos y nacionalidades sigue siendo mínima, y la brecha para las mujeres es aún más profunda. Quienes se auto identifican como “indígenas” representan apenas entre el 2.5% y el 3% de la matrícula universitaria nacional. De ese pequeño grupo que logra ingresar, las mujeres constituyen cerca del 48%; una cifra que ha crecido, pero que oculta un grave problema de permanencia.

No basta con entrar: el verdadero desafío es quedarse. Para la mujer de pueblos y nacionalidades, la deserción es un riesgo latente. Según proyecciones a 2026, la probabilidad de que una mujer de pueblos y nacionalidades abandone sus estudios en los primeros dos años es un 20% más alta que la de una mujer mestiza urbana. Las causas son estructurales: el 65% de las estudiantes indígenas universitarias reportan responsabilidades compartidas de cuidado (hijos, hermanos menores o abuelos) que interfieren con su formación. A esto se suma que la universidad suele ser un espacio hostil y racista, donde solo el 1% de las carreras en el Ecuador cuentan con mallas curriculares que integran un enfoque intercultural real.

Incluso nuestra vestimenta es un campo de batalla. Caminar con anaco y wallka es caminar a la defensiva. No es «moda»; es resistencia y memoria política viva. La sociedad a menudo nos «museifica», tratándonos como objetos folclóricos del pasado. La verdadera libertad personal llegará cuando podamos usar nuestro anaco con dignidad en una oficina de gobierno o un pantalón en la montaña, sin que eso disminuya nuestra identidad ni nos exponga al acoso racista.

Erradicar el machismo para fortalecer la comunidad.

Nuestras comunidades no son islas perfectas; somos parte de una sociedad herida por el patriarcado colonial. Hoy, las lideresas están exigiendo que la violencia física, sexual o psicológica sea tratada como un atentado a la vida, no como un conflicto menor. Organizaciones como el MICC o la CONAIE han trabajado en manuales de justicia indígena con perspectiva de género, entendiendo que el «machismo» no es parte de nuestra cultura ancestral, sino una imposición que debemos extirpar para recuperar el equilibrio real: el Alli Kawsay. La justicia propia con enfoque de género no es «copiar» las leyes de la ciudad. Es recuperar el equilibrio y no puede haber equilibrio si una mitad de la comunidad vive con miedo de la otra mitad.

Nuestras comunidades no son islas perfectas; somos parte de una sociedad herida por el patriarcado colonial. Hoy, las lideresas están exigiendo que la violencia física, sexual o psicológica sea tratada como un atentado a la vida, no como un conflicto menor. Organizaciones como el MICC o la CONAIE han trabajado en manuales de justicia indígena con perspectiva de género, entendiendo que el «machismo» no es parte de nuestra cultura ancestral, sino una imposición que debemos extirpar para recuperar el equilibrio real: el Alli Kawsay. La justicia propia con enfoque de género no es «copiar» las leyes de la ciudad. Es recuperar el equilibrio y no puede haber equilibrio si una mitad de la comunidad vive con miedo de la otra mitad.

No se trata de pelearnos entre nosotras ni de fragmentar los movimientos. Se trata, más bien, de reconocer los privilegios y de que cada sector de la sociedad aprenda a apoyar, saludar y reconocer las luchas específicas del otro. Para nosotras, cuestionar las violencias dentro de nuestras comunidades no significa una ruptura con nuestra cosmovisión, ni un ataque a los principios de dualidad y complementariedad. Al contrario: es un llamado a recordar y respetar los derechos de las mujeres dentro de lo comunitario, fortaleciendo nuestros liderazgos desde la raíz.

No se trata de pelearnos entre nosotras ni de fragmentar los movimientos. Se trata, más bien, de reconocer los privilegios y de que cada sector de la sociedad aprenda a apoyar, saludar y reconocer las luchas específicas del otro. Para nosotras, cuestionar las violencias dentro de nuestras comunidades no significa una ruptura con nuestra cosmovisión, ni un ataque a los principios de dualidad y complementariedad. Al contrario: es un llamado a recordar y respetar los derechos de las mujeres dentro de lo comunitario, fortaleciendo nuestros liderazgos desde la raíz.

Nuestra apuesta es que ser mujer runa, mujer de pueblos y nacionalidad, colonialmente denominado indígena, deje de ser sinónimo de victimización o de objeto de caridad para el Estado. Queremos que nuestra identidad sea la mayor fortaleza de lucha contra un sistema que es, al mismo tiempo, capitalista, colonial, racista y patriarcal. La libertad será real cuando el feminismo salde su deuda histórica con las mujeres racializadas y empobrecidas, y cuando nuestra voz no solo sea escuchada, sino respetada en su propia diferencia. Solo así, caminando juntas, pero con paso propio, construiremos un mundo donde quepan todos los mundos bajo los principios de la vida comunitaria, sin el interés de aniquilar sino aplicar la dualidad y complementariedad bajo los altos estándares de respeto y unidad real.

 

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