Cuando la identidad se convierte en producto

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Mercantilización y Extractivismo Cultural: Cuando la identidad se convierte en producto

Equipo Comunicaión ICCI

En un mundo donde casi todo se puede vender, las culturas también corren el riesgo de convertirse en mercancía. Danzas, vestimentas, idiomas, símbolos, saberes ancestrales. Todo lo que alguna vez fue sagrado o comunitario hoy puede ser empaquetado, estetizado y comercializado. Este fenómeno no es nuevo, pero ha cobrado nuevas formas bajo el sistema neoliberal. Lo que se ha convertido en mercantilización y extractivismo cultural.

¿Qué significa mercantilizar la cultura?

 Mercantilizar es convertir algo en objeto de compra y venta. Cuando esto se aplica a expresiones culturales, implica reducirlas a productos consumibles: artesanías sin historia, trajes típicos fuera de contexto, rituales presentados como “experiencias turísticas”, festividades convertidas en espectáculos vacíos de sentido.

Este proceso vacía la cultura de su esencia comunitaria y espiritual, y la convierte en decoración para el agrado de otros, generalmente desde una mirada externa y muchas veces colonial.

La cultura, en lugar de ser una forma de vivir, se transforma en una imagen que se vende.

¿Y qué es el extractivismo cultural?

 Así como el extractivismo económico explota los recursos naturales (minería, petróleo, agua), el extractivismo cultural explota símbolos, conocimientos y formas de vida para el beneficio de otros, sin devolver nada —ni respeto, ni reconocimiento, ni redistribución justa.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando:

  • Se usan elementos indígenas en marcas comerciales sin consentimiento.
  • Se extraen saberes medicinales para patentes farmacéuticas sin retribución.
  • Se organiza turismo comunitario donde el beneficio se queda fuera de la comunidad.
  • Se utilizan lenguas, cantos o vestimentas en festivales como simple “aderezo cultural”.

Todo esto sucede, muchas veces, sin una intención maliciosa explícita, pero dentro de un sistema que reproduce desigualdad simbólica y económica.

Esto es un problema:

  1. Porque borra el sentido profundo de las prácticas culturales.
    La espiritualidad se vuelve show, el idioma se vuelve decoración, el territorio se vuelve fondo de pantalla.
  2. Porque invisibiliza el derecho colectivo a decidir sobre la propia cultura.
    Lo cultural no es individual, es comunitario. Y cuando se usa sin consulta ni participación, se vulnera.
  3. Porque beneficia a otros actores sin redistribuir.
    Muchos ganan con la cultura indígena: marcas, influencers, Estado, empresas turísticas. Pero ¿cuánto de ese valor vuelve a los territorios?
  4. Porque coloniza la narrativa.
    Se presenta una imagen “bonita” de la cultura, pero se omiten sus luchas, sus contradicciones, su historia real.

La respuesta no es dejar de mostrar la cultura. Es mostrarla con dignidad, con raíz y con sentido. Esto implica:

  • Recuperar el control sobre los medios de representación.
  • Exigir políticas que respeten los derechos culturales colectivos.
  • Promover el consentimiento previo, libre e informado incluso para lo simbólico.
  • Crear espacios donde la cultura no se consuma, sino se viva.
  • Apostar por circuitos culturales autónomos, éticos y conscientes.

En tiempos donde todo tiende a la monetización, es urgente reivindicar que no todo puede convertirse en producto. La cultura es memoria viva, territorio simbólico y propuesta de futuro. Mercantilizarla o extraerla sin ética es otra forma de despojo.

Es un momento de abrir el debate, no solo sobre lo que se muestra, sino sobre quién lo muestra, cómo y para qué. Porque la cultura es resistencia, identidad y vida colectiva.

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