Artículos Raíces y Resistencia

LA EDUCACIÓN EN EMERGENCIA

                                                                                                                                                                   Katik Macas

El inicio del nuevo ciclo escolar 2026-2027 en el régimen Sierra-Amazonía revela una profunda crisis del sistema educativo. Según Lupa Media, de los USD 53,4 millones destinados a la infraestructura escolar, apenas se ha ejecutado un 7 %, dejando a miles de planteles en condiciones críticas. En la provincia de Pastaza, la comunidad kichwa Pakiru advierte que el 80% de sus 105 escuelas presentan severos daños, como en la Unidad Educativa de Pacayaku o en la comunidad fronteriza de Orocachi, donde los niños estudian entre paredes de chonta, pisos de tierra y aulas colapsadas. Ante el olvido estatal, son las propias familias y comunidades que, con minkas, intentan reparar manualmente los planteles para recibir a sus hijos.

La Unión Nacional de Educadores UNE, también denuncia un déficit que supera los 64 mil docentes, jornadas laborales no pagadas que sobrepasan las 60 horas, evaluaciones fallidas y la alarmante cifra de más de 500 mil niños y jóvenes fuera del sistema escolar, expuestos a un entorno de violencia extrema que amenaza con arrebatarles la vida y el futuro. Frente a este escenario, la UNE pide la declaratoria de emergencia, la asignación de recursos urgentes para infraestructura, útiles gratuitos para los sectores más vulnerables y el respeto a las condiciones laborales del magisterio— no son simples reclamos gremiales: son un llamado desesperado de supervivencia institucional, pues la educación jamás debe entenderse como un gasto, sino como la inversión más sagrada de una nación.

Además, los datos recién revelados por las pruebas PISA 2025 terminan de dibujar esta radiografía devastadora: más del 82% de nuestros jóvenes de 15 años demuestran un desempeño deficiente en al menos una materia básica; y, apenas un doloroso 17,4% alcanza las competencias mínimas para desenvolverse en el mundo real. Con un 80% de estudiantes reprobando en matemáticas y más del 60% incapaz de comprender adecuadamente lo que lee, el país no solo enfrenta un rezago académico; atraviesa una crisis estructural que compromete su viabilidad futura.

Asistir a la pérdida constante de puntos en las evaluaciones internacionales —con caídas dramáticas de hasta 24 puntos en comprensión lectora respecto a 2017— no puede despacharse con tibias justificaciones burocráticas sobre la «inclusión de sectores vulnerables». Si bien garantizar el acceso a las aulas para más adolescentes es un paso humanamente indispensable, abrir las puertas de una escuela que se cae a pedazos y que no enseña no es inclusión: es una ilusión pedagógica.

La educación pública ecuatoriana agoniza entre el abandono institucional y la constante asfixia o ineficiencia en el gasto presupuestario. Que el 51% de los estudiantes asista a colegios golpeados por la falta de material didáctico y el 25% sufra la escasez de profesores refleja una desconexión estatal alarmante. Ni en los centros urbanos ni en las golpeadas aulas rurales se puede exigir excelencia educativa cuando los techos se caen, las computadoras no existen y el presupuesto asignado se pierde en burocracia, sin impacto real. La experiencia global demuestra que gastar sin foco ni continuidad —cambiando de rumbo curricular en cada administración— condena al fracaso cualquier esfuerzo de recuperación.

Es la hora de ubicar a las niñas, niños y jóvenes en el centro absoluto de las prioridades nacionales. Transformar la educación no es una consigna abstracta, sino un plan de acción urgente.

Es importante que el Estado empiece a optimizar los recursos y destinarlos para infraestructura digna y material pedagógico actualizado, priorizando las zonas rurales, fronterizas y marginadas. Así mismo se debe crear redes de capacitación continua, que garantice estabilidad laboral y acompañamiento a los docentes, dándoles herramientas reales para enfrentar los vacíos de aprendizaje.

Es necesario priorizar de manera rigurosa las competencias fundamentales —lectura comprensiva, razonamiento matemático y pensamiento científico— sin dispersar la jornada escolar en exigencias dispersas.

Sin un giro radical en las políticas públicas, el futuro del país seguirá naufragando. La educación es el único motor capaz de romper el círculo de la pobreza y la violencia; si hoy no invertimos con convicción y firmeza en las aulas, el Ecuador del mañana habrá perdido su oportunidad de prosperar.

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