Boletín No 176

ICCI

Editorial: ¿DE QUIÉN ES EL ECUADOR? LA SOBERANÍA POPULAR EN DISPUTA

Equipo Editorial ICCI

El Inti Raymi Pacha (Tiempo de celebración del Sol) enciende los corazones de los pueblos originarios en todo el Abya Yala. Son tiempos de celebrar la vida en su dimensión más profunda; de festejar que nuestras formas de existencia, espiritualidad y conocimientos ancestrales han sobrevivido con rebeldía y sabiduría a lo largo de los siglos. Esta celebración es el testimonio vivo de una resistencia histórica y colectiva. Es entender que, a pesar de los sistemáticos intentos por desaparecer, folclorizar o prohibir estos festejos rituales —primero bajo el yugo de la violencia colonial, luego mediante las políticas de blanqueamiento de la época republicana, y hoy bajo el sutil pero voraz asedio de la modernidad capitalista—, nuestros pueblos aún siguen bailando, seguimos zapateando sobre la Madre Tierra, sintiendo la misma pasión y la misma sangre de resistencia que recorre nuestras venas desde tiempos inmemoriales.

En este junio de 2026, reconocemos y saludamos con profunda admiración los nuevos procesos de reivindicación y libre determinación cultural de las comunidades. Queremos destacar de manera muy especial a la comunidad de Cóndor Loma, en Cotacachi, la cual ha manifestado una contundente y digna resignificación de estas festividades. En una asamblea comunitaria histórica, sus habitantes determinaron la prohibición absoluta del uso de trajes militares y camuflajes dentro de los rituales sagrados del Hatun Puncha. Bajo la consigna «Nunca más trajes militares en el Inti Raymi», Cóndor Loma da un paso firme para rescatar su verdadera identidad cultural, dejando de lado aquellas vestimentas ajenas y coloniales para retomar con orgullo el traje propio de su pueblo.

Esta resolución nace del dolor y la memoria histórica del pueblo, rindiendo un profundo homenaje a sus comuneros asesinados durante las movilizaciones de septiembre – octubre 2025, por las fuerzas represivas del Estado. Hoy, ese luto colectivo se ha transformado en una fuerza de unidad comunitaria, que decide sanar las heridas del pasado rescatando la pureza de sus raíces andinas.

Como un acto simbólico y político de soberanía cultural, los habitantes de Cóndor Loma han adoptado nuevos colores identitarios inspirados en la riqueza natural que los rodea y protege. El azul del cielo, en reverencia sagrada al majestuoso e icónico lago Cuicocha que vigila sus tierras, y el verde intenso, que rinde tributo a la enorme diversidad de sus paisajes, bosques, páramos y quebradas, serán desde ahora los estandartes que vestirán su danza ritual. Con esta decisión autónoma, la comunidad envía un mensaje contundente a todo el país: el Inti Raymi no es una vitrina turística ni un espectáculo folclórico de entretenimiento; se defiende desde la memoria, el respeto a la Pachamama y la sanación colectiva, consolidando un legado de paz y auténtica identidad para las futuras generaciones.

Contrastando drásticamente con esta reconexión comunitaria e identitaria, estos tiempos coinciden con el inicio de un evento deportivo internacional que convoca a multitudes a nivel mundial. El fútbol, un deporte que históricamente nació y creció en las barriadas y comunidades como un juego del pueblo, hoy se muestra descaradamente mercantilizado. El lujo extremo, la exclusión económica y el espectáculo corporativo evidencian de forma brutal las profundas brechas y diferencias sociales de nuestro tiempo. Nos encontramos ante el mundial de fútbol de más difícil acceso en la historia. Por un lado, las severas restricciones de circulación, la exigencia discriminatoria de visados y el control fronterizo limitan la movilidad; por otro, los costos exorbitantes de pasajes, hospedajes y las entradas vuelven este espacio prohibitivo para las grandes mayorías.

En el contexto ecuatoriano, esta fiesta mercantilizada fue el pretexto perfecto utilizado por el régimen actual. En una jugada de evidente distracción social, el Gobierno dictó una reducción de impuestos para la cerveza, pretendiendo adormecer la conciencia colectiva. En contraste y de forma silenciosa, los precios de los combustibles continúan su escalada mes tras mes, encareciendo directamente el costo de la vida, el transporte y los alimentos de primera necesidad. La estrategia es vieja pero perversa: prefieren mantener a un pueblo alcoholizado y alienado frente a una pantalla, que a una ciudadanía crítica que reclame sus derechos frente a la explotación. Mientras las familias ecuatorianas hacen malabares económicos para sobrevivir, el presidente y su comitiva oficial viajan al extranjero con fondos públicos para presenciar los partidos de la selección. Un dinero estatal que bien hace falta para abastecer de medicamentos a los hospitales públicos desmantelados o para cubrir las alarmantes carencias del sistema educativo nacional.

A la par de este despilfarro y desatención, el tejido social se desangra bajo la sombra de la violencia y la militarización. Una vez más, el país se encuentra bajo un nuevo estado de excepción decretado por 60 días en 10 provincias y tres municipios, debido a una «grave conmoción interna» y al repunte de crímenes vinculados al narcotráfico. Los estados de excepción ya no son medidas extraordinarias; se han convertido en el paisaje autoritario del día a día. Sin embargo, las tasas de criminalidad en las provincias de la Costa y en la propia capital no disminuyen, demostrando el fracaso de una estrategia basada únicamente en la fuerza.

El nuevo decreto presidencial suspende garantías fundamentales como la inviolabilidad del domicilio en provincias como: Pichincha, Guayas, Manabí, Los Ríos y Azuay. El propio documento gubernamental reconoce una escalada de 879 homicidios tan solo en el periodo comprendido entre el 1 de mayo y el 12 de junio. Cerramos el año anterior con la alarmante cifra histórica de aproximadamente 9.300 homicidios, situando a Ecuador a la cabeza de los índices de violencia en América Latina.

Esta constante vulneración de los derechos humanos y la normalización de las tanquetas en las calles contrasta abiertamente con las promesas hechas por el primer mandatario en foros internacionales, donde aseguró que no abusaría de estas herramientas constitucionales. La realidad demuestra que el Gobierno recurre de forma cíclica al estado de excepción para camuflar la falta de políticas públicas estructurales e integrales en salud, empleo y educación, que constituyen las verdaderas raíces de la crisis de seguridad.

En este mes de la vida y el sol, sostenemos que frente a un modelo estatal que precariza la vida, militariza las comunidades y mercantiliza la cultura, la respuesta sigue estando en la organización y en la memoria social. El paso histórico dado por Cóndor Loma nos enseña el camino: desmilitarizar nuestros territorios, descolonizar nuestras mentes y abrazar los verdaderos colores de la naturaleza. Que este Inti Raymi sea la fuerza espiritual y política para seguir resistiendo y exigiendo un país con dignidad, justicia social y verdadera soberanía comunitaria.

Para profundizar en estas reflexiones y mantener encendido el debate, les invitamos a recorrer las páginas de esta edición y leer nuestros artículos principales. Iniciamos con el valioso aporte de Luis Maldonado, quien nos desglosa los significados profundos de los Raymikuna, con especial énfasis en la dimensión cósmica y política del Inti Raymi. Continuamos con la voz de la compañera Patricia Vacacela, quien a través de una sensible entrevista nos comparte lo hermoso y desafiante que es producir y resguardar la riqueza cultural, espiritual y de identidad impresa en las artesanías saraguras que elabora; un testimonio vital sobre cómo estos saberes se ofrecen con orgullo en distintos espacios a pesar de ser, poco valorados por el mercado. Finalmente, cerramos esta entrega con un riguroso y necesario análisis de Natalia Sierra, quien nos ofrece una radiografía del complejo escenario nacional e internacional para comprender las raíces de la crisis estructural en la que nos encontramos sumergidos. Que estas lecturas sirvan como herramientas para el pensamiento crítico y la acción comunitaria.

RUNAKUNAPAK RAYMIKUNA: CELEBRACIONES DE LOS PUEBLOS ANDINOS

Luis Maldonado Ruiz

La mayoría de los pueblos del mundo en sus orígenes fueron culturas solares, especialmente cuando se establece la agricultura, que se rige por los ciclos solares (solsticios y equinoccios) que determinan las estaciones climáticas y también los ciclos lunares que inciden en la germinación y el crecimiento de las plantas y los ritmos biológicos de la vida en la Tierra.

Las culturas andinas y particularmente la kichwa, organizó el tiempo en cuatro eventos astronómicos claves; los equinoccios y los solsticios (raymikuna) y, las fases lunares, denominados killakuna (las lunas o meses), por lo que existen dos calendarios; solar y lunar, siendo ampliamente difundido el solar a través de celebraciones festivas comunitarias y la lunar poco conocida, pero usada tradicionalmente en las actividades productivas agrícolas.

Desde hace siglos, las culturas andinas construyeron sus calendarios, observando los movimientos de estos dos astros en el firmamento y la influencia de estos en la naturaleza.  Este conocimiento permitió también organizar el espacio, su organización social, económica y política, así como su espiritualidad, en definitiva, su cosmovisión o su visión del orden del mundo y el cosmos.   

Estos ciclos permanentes de la luna se denominan Quilla Wata (año lunar) y el segundo Inti Wata (año solar)[1], ciclos permanentes, que se repiten y se complementan cada año para generar la vida.  Los hitos principales de estos calendarios fueron ritualizados a través de

grandes celebraciones colectivas. En esta nota abordaremos las celebraciones solares denominadas Raymi[1]desde diversas dimensiones.

El año o ciclo solar comprende cuatro momentos astronómicos, los equinoccios y los solsticios.  En el caso del Ecuador, el año inicia el 21 de marzo, cuando el sol se ubica perpendicularmente respecto de la línea equinoccial e inicia su desplazamiento al hemisferio norte, este equinoccio se denomina Pawkar Raymi[2] (Fiesta del Florecimiento), su equinoccio de complemento o par se celebra el 23 de septiembre, cuando el sol inicia a desplazarse hacia el Sur, se denomina Koya Raymi[3]  (Mujer Principal)  el 23 de septiembre. 

En cuanto a los solsticios (sol quieto), las celebraciones ocurren cuando el Sol llega al punto extremo de desplazamiento, sea al norte o al sur visto desde la tierra, aunque lo que realmente ocurre es que, la tierra es la que llega a los extremos de su movimiento de traslación en la elíptica que hace en su desplazamiento alrededor del sol, el sol está alejado de la tierra.   Estos fenómenos celestes se dan el 21 de junio, cuando el sol está en el extremo norte y se denomina Inti Raymi (fiesta del sol o danza solemne al sol) y 21 de diciembre se denomina Kapak Raymi, cuando el sol está en el extremo sur y en su máximo esplendor (fiesta de la plenitud, de la abundancia o fiesta excelsa). El ritual principal del Kapak Raymi se llama warachiku que consistía en la incorporación de los niños de su ámbito doméstico a su condición de jóvenes en capacidad de asumir responsabilidades en la comunidad y también se realizaban los rituales de afirmación y renovación de la autoridad. 

El fenómeno cósmico que sucede en estos dos eventos astronómicos, es que el sol permanece quieto por tres días.  En el hemisferio sur, el solsticio de invierno o inti Raymi,

es el inicio de año, porque el sol muere y renace (el sol estático y débil) significaba la muerte y renacimiento del sol), por ello en esos días se guardaba ayuno y retiro, porque el sol muere para ser renovado o resucitado a los tres días.  También significaba el triunfo de la luz, sobre las sombras, el sol ha vencido a la muerte.  Este acontecimiento cósmico, inspiró los rituales de iniciación religiosa y política al que hacen referencia los cronistas españoles cuando hablan de que los curacas (autoridades comunitarias) eran “enterrados” para morir simbólicamente por tres días, para renacer renovados y con capacidad para ejercer el poder del ayllu como curacas.

Las culturas occidentales, conocían estos fenómenos cósmicos, de allí los nombre en Latín, algunos investigadores de estas culturas paganas, incluido las culturas orientales y africanas (especialmente egipcia) afirman que los chamanes, los magos y los sacerdotes realizaban sus rituales de iniciación, simulando la muerte, eran “enterrados vivos para resucitar a una nueva vida”, también se afirma que este ritual pagano fue acogido por la iglesia cristiana para incluirlo el mito de resurrección de Jesús el Cristo, que murió y resucito al tercer día para ascender a condición de Dios. 

Si observamos lo que hemos dicho hasta el momento, podemos ver algunas contradicciones, esto se debe a que se han trastocado los calendarios incásicos, cristianos y de los pueblos originarios de lo que actualmente es el Ecuador, por los procesos de conquistas y colonización que trasplantaron poblaciones del norte a sur, migraciones extranjeras, la iglesia, etc,  y también porque los fenómenos celestes solares aunque son similares, son opuestos según los hemisferios, es decir, mientras que en el hemisferio norte, el solsticio de verano (sol invictus) se da en junio, en el hemisferio sur es invierno (muerte y resurrección del sol), en diciembre, en el hemisferio norte se celebra navidad, invierno ( fenómeno de muerte y renacimientos del sol) en el hemisferio sur se celebra el Kapak Raymi, verano ( el sol invictus, o el sol en su máximo esplendor), y por otra parte, en el Ecuador, no tenemos las 4 estaciones, sino dos por estar en el centro del planeta por lo que, el fenómeno cósmico que se toma como referente del año nuevo es el 21 de marzo. 

Si bien es cierto, que hay que trabajar en la profundización de estas celebraciones, también es cierto que estas celebraciones en los andes están vigentes y han servido para fortalecer la identidad cultural, la cohesión social comunitaria, la económica de la reciprocidad y la política, así como los conocimientos propios.  Se ha vivido procesos interesantes de recuperación y recreación de estas celebraciones que hace medio siglo atrás se pensaba que desaparecerían por el sincretismo cultural, sin embargo, por los procesos de migración y articulación al mercado nacional e internacional, se globalizan a nivel mundial, lo que evidencia su fuerza y vigor, a pesar de la hegemonía cultural de la cultura occidental cristiana.   Se han dado procesos de descolonización, superando los rituales cristianos y recreándolas como ha ocurrido con el Inti Pawkar, conocido anteriormente como carnaval; o el Inti Raymi, conocido como las Fiestas de San Juan y San Pedro y el Corpus Cristi; la Kuya Raymi, en las festividades de las diversas vírgenes cristianas. En el caso de Otavalo se ha retomado esta fiesta conocida como las fiestas del Yamor que tiene como patrona a la Virgen de Monserrat, que se encuentra en el socavón de esa localidad.  El Kapak Raymi, se celebra especialmente al sur del país, por los Saraguros, en las festividades del Niño Dios. 

Brevemente, desde un enfoque económico, el inti Raymi y todos los raymikuna, sean regionales, locales, son espacios de una práctica intensa de relaciones de reciprocidad y por tanto de redistribución de los excedentes, generados de la diversidad de actividades económicas y productivas que realizan las familias, las comunidades y pueblos, la reciprocidad es el elemento fundamental de celebración y cohesión comunitaria, se comparte con toda la comunidad la abundancia, de esta forma se mantiene el equilibrio social y económico, se reestablecen las alianzas familiares y las relaciones de poder comunitario.  La celebración es colectiva, incorpora el ámbito familiar, al ayllu (familia ampliada) como núcleo protagonista, constituyendo grupos familiares o de allegados para realizar la danza acompañados de músicos expertos que visitan las casas de la comunidad y las comunidades vecinas.

Desde un enfoque político, el inti Raymi permite buscar y ratificar las alianzas para consolidar la autoridad propia y el poder comunitario mediante “la toma” de los centros rituales y políticos, con la finalidad de afirmar su protagonismo, para hacer visible su fuerza frente al poder local estatal, en el que se hace presente el ritual del “Tinkuy”, la danza y disputa ritual de la plaza y para anualmente reestablecer del equilibrio, la paz social y espiritual, necesario para que la vida de los pueblos indígenas perviva en el tiempo. 

[1] Wata se traduce como año, pero viene del verbo Watana, que quiere decir atar, literalmente sería atar al sol o a la luna, lo que significa que wata es el acto de atar al tiempo para contabilizarlo y administrar esos tiempos.

[2] En la actualidad Raymi se traduce como fiesta, antiguamente significaba “danza solemne y principal” en honor al Sol, concepción que hasta nuestros días se mantiene, como elemento característico de nuestras celebraciones, que incluye la música, las dramatizaciones teatrales, la comida y la bebida.

[3] Es el momento solemne en el que el sol ilumina plenamente la línea equinoccial y no hay sombra en el Inti Tyarina (asiento del sol o reloj solar) a medio día, desde este día se ata o amarra al tiempo, inicia el nuevo año.  Es el tiempo del florecimiento y manifestación de fertilidad de la naturaleza, el sol rebosa de energía renovada, gracias a la abundancia de elementos que genera la vida.  Las celebraciones tienen por objetivo la purificación del pueblo a través del agua y las flores, también se celebra el Mushuk Nina, ritual que renueva el fuego adquirido directamente del sol, para ser entregado en cada uno de los hogares en sus fogones.

[4] Es una festividad de profundo contenido femenino, la Luna (Killa Mama) y el Sol (Inti Tayta), inciden en la fecundación de la Allpa Mama (Tierra Madre), inician las lluvias y la época de siembras.  Pero debido al cambio de clima, se generan enfermedades, por lo que los rituales estuvieron orientados a invocar la protección de la Killa Mama y realizar la limpieza ritual de toda la comunidad y sus miembros, física y espiritualmente.   Los referentes espirituales de los rituales son la Killa y Allpa Mama, que se manifiestan en sus wakas (sitios sagrados y objetos simbólicos) como, los socavones, las fuentes de agua y los símbolos femeninos.  En la actualidad las wakas han sido sustituidas por las imágenes de las vírgenes católicas, de gran popularidad en nuestros países y a ello también se debe que a este mes se lo haya denominado en la tradición católica local, el mes de las marías.  Se celebraban y celebran en la actualidad con danzas de las mujeres, bebiendo el Yamur Tuktuy (Chicha ritual realizada con todas las variedades de maíz), cuyo simbolismo es la continuidad de la vida.

HILOS DE IDENTIDAD: EL ARTE SARAGURO ENTRE EL ORGULLO Y LA PRECARIZACIÓN.

Equipo Editorial ICCI

En los hilos dorados y los colores del arcoíris que dan vida a la artesanía de Saraguro, no solo hay habilidad manual; hay siglos de cosmovisión, memoria y resistencia cultural. Sin embargo, detrás de cada pieza expuesta en las plazas de Quito, se esconde la realidad de creadores como Patricia Vacacela, quien desde hace más de dos décadas convirtió el saber heredado de su pueblo en su trinchera y sustento.

Dedicarse al arte independiente en el espacio urbano es un acto de dignidad, pero también una carrera de obstáculos. La búsqueda de autonomía frente a sistemas laborales precarizadores, empuja a muchos hacia una informalidad donde el Estado brilla por su ausencia: no hay seguridad social ni estabilidad garantizada, y la subsistencia diaria depende de un mercado que a menudo prefiere regatear el esfuerzo humano, antes que valorar la técnica y el conocimiento ancestral. Proteger el patrimonio andino no puede limitarse a la foto turística; exige, de manera urgente, garantizar condiciones de vida dignas para quienes sostienen la identidad de nuestros pueblos en el asfalto.

Para muchos artesanos, el salto al espacio público no es una simple alternativa económica, sino una decisión consciente de dignidad frente a la explotación laboral, también surge como una salida al desempleo. Patricia recuerda con claridad el punto de quiebre que la llevó a volcarse por completo al arte independiente: tras soportar la arbitrariedad, los malos humores y los gritos en empleos bajo relación de dependencia, prefirió la incertidumbre de las calles antes que «ser esclava de otras personas». En esa búsqueda de libertad, el arte heredado del pueblo Saraguro, que ha acompañado a muchas generaciones, ese arte que se aprende desde la niñez, se convirtió en su trinchera.

Sin embargo, el asfalto de la ciudad impone sus propias lógicas de exclusión. Trabajar de forma independiente en la urbe significa enfrentar la persecución, el decomiso y la hostilidad de un espacio que a menudo criminaliza el comercio popular. Frente a esto, la única salida ha sido la organización comunitaria. Lo que hoy se erige como un espacio de venta regulado en Quito no fue una concesión gratuita del Estado, sino el resultado de una lucha frontal liderada inicialmente por cuatro personas —tres mujeres y un varón— que acudieron directamente a las autoridades municipales para exigir su derecho al trabajo. Consolidarse como asociación fue la estrategia indispensable para blindarse frente a las trabas burocráticas y los cobros injustos que, bajo la figura de «planes de contingencia», por ejemplo, pretendían asfixiar su economía.

Pese a los logros colectivos, la realidad del artesano independiente sigue marcada por una profunda desprotección social. En el esquema actual, el acceso a la salud o a una jubilación digna es un lujo inexistente. Si un creador se enferma, la producción se detiene y el ingreso desaparece; el sistema no contempla redes de seguridad para quienes sostienen el patrimonio vivo del país.

A la precariedad estructural de este trabajo en la calle, se suma una carga de violencia cotidiana y desgaste físico que rara vez se visibiliza. Vender en el espacio público significa habitar la incertidumbre constante: salir de casa sin saber si ese día existirá una sola venta que garantice el sustento, o si se regresará con las manos vacías. El cuerpo se convierte en el primer territorio de resistencia, expuesto durante extenuantes jornadas a los cambios drásticos del clima, soportando lluvias torrenciales o el sol implacable del mediodía, muchas veces postergando el hambre con tal de no perder un cliente o descuidar el puesto. Los artesanos no solo cuidan su espacio de trabajo, sino que deben estar en permanente alerta frente a los robos sigilosos de collares o aretes, piezas minuciosas que representan días de esfuerzo y que pueden desaparecer en un parpadeo.

Otro obstáculo que se suma es la violencia cultural cotidiana: el racismo de quienes minimizan las piezas con comentarios despectivos como «Eso solo se ponen las indias», y la práctica sistemática del regateo. Resulta paradójico que, mientras los circuitos comerciales formales duplican o triplican el valor de estos objetos, en las plazas urbanas se intente restar valor a un trabajo minucioso hecho 100% a mano que puede tomar días o semanas de dedicación. Patricia denuncia con especial firmeza cómo la propia industria del turismo —incluidos los guías— a menudo educan a los visitantes para menospreciar los precios populares y exigir descuentos, despojando al arte de su valor real y tratándolo como una mera baratija de intercambio.

Cuando las crisis políticas y económicas golpean, el sector artesanal es siempre el primero en resentirse. En momentos de recesión, la ciudadanía prioriza la subsistencia básica —salud, educación y alimentación—, relegando la compra de arte y evidenciando que, ante los ojos del sistema, los creadores culturales son los eslabones más vulnerables y prescindibles de la cadena.

Frente al desprecio y la adversidad, la respuesta de los y las creadores no es la asimilación, sino el orgullo radical de su origen. «Yo los hago y yo soy indígena» es la respuesta de Patricia, que con firmeza desarma cualquier intento de subordinación o menos precio. Para ella, los collares y tejidos no son mercancía estéril; son la continuidad de la raíz histórica de su pueblo, la representación de la dualidad y los colores del arcoíris que dialogan con la Pachamama.

El mayor anhelo de los artesanos es que las futuras generaciones no dejen morir su sabiduría ancestral. Mantener vivo el arte de tejer es resguardar una escuela de pensamiento andino: una forma de entender el mundo donde el ser humano no domina a la naturaleza, sino que convive con ella en un respeto tan profundo que exige pedir permiso a las montañas, a los ríos y a las plantas antes de tocarlos.

Escribir sobre el arte andino es, por lo tanto, una tarea de doble vía. Es una invitación a maravillarse con su estética y su memoria, pero también es una exigencia política: entender que proteger la cultura pasa obligatoriamente por dignificar la vida, el cuerpo y el trabajo de quienes, a pesar del asfalto y la exclusión, sostienen la memoria viva de nuestros pueblos.

 

EL CAPITAL CRIMINAL Y LA DESTRUCCIÓN DE UN PAÍS

Natalia Sierra Freire

En el contexto de la decadencia del capitalismo occidental, el capital criminal se configura en el núcleo articulador de la acumulación de capital. No se trata de economías marginales, sino de la forma central de valorización del valor. La centralidad del capital criminal en la economía genera un acelerado proceso de destrucción institucional que pone la vida de la sociedad en grave peligro.

América latina, bajo la influencia de Estados Unidos, se ha convertido en la región donde más ha crecido el capital criminal articulado al narcotráfico y particularmente a la producción y exportación de cocaína. Esta economía alcanzó su forma ilegal, masiva y organizada en los años 70 del siglo pasado. Para los años 80, con el auge de los cárteles colombianos en relación con mafias estadounidenses, se convirtió en una industria de alcance global. El narcotráfico extendió sus actividades ilegales por gran parte de los países de América latina, sobre todo aquellos implicados en alguna de las fases del proceso productivo de la cocaína (siembra de la hoja de coca, procesamiento, distribución). Las fases de circulación, consumo y lavado tuvieron un alcance extraterritorial, me refiero a los principales mercados de consumo y de lavado de dinero sucio: Estados Unidos, Europa y Asia. El narcotráfico, para los años 2000 se convirtió en una economía internacional que genera violencia criminal exponencial, ante todo, en los países productores de América latina y una acumulación de capital que alimenta principalmente los centros financieros occidentales.

La economía criminal del narcotráfico va articulando otro tipo de negocios criminales como trata de personas, tráfico de armas, tráfico de órganos, minería ilegal, tráfico de migrantes, extorsión. Se configura de esta manera una multiempresa criminal que penetra la economía legal, las instituciones estatales de control, las instituciones sociales y las corrompe. No se trata de un fenómeno económico aislado, sino que adquiere presencia central en la vida social de los países afectados, lo cual pone en grave riesgo la misma existencia de la sociedad, en tanto que entramado de relaciones instituidas. 

Desde los primeros años de este siglo, el Ecuador se convierte en un país de oportunidad especial para este negocio en ascenso.  Entre las razones más importantes que explican este hecho está la dolarización del país desde el año 2000, la ubicación geográfica que le convierte en un puerto de exportación, la infraestructura portuaria de un país agroexportador, la pequeña dimensión territorial que lo convierte en una ruta de salida rápida y, en los últimos 8 años, una debilitada institución estatal que lo hace fácilmente corrompible para cualquier negocio ilícito. Todos estos aspectos, lamentablemente, han convertido al Ecuador en una perfecta plataforma para las economías criminales. Después del encierro pandémico y todas las consecuencias socioeconómicas que el mismo conllevó para nuestros países, el Ecuador entra en un espiral de violencia criminal producto del avance del narcotráfico y el sistemático empobrecimiento de grandes sectores de la población. La destrucción de la política social, de los tres últimos gobiernos de extrema derecha, creó las condiciones sociales para que el capital criminal articule y fortalezca grupos de delincuencia organizada (GDO) a su servicio. Este fenómeno criminal tuvo su punto de mayor configuración en las cárceles, cuando éstas fueron entregadas para el manejo de aparatos policiales de fácil articulación con los GDO.

Las cárceles se convirtieron en el laboratorio de la corrupción ampliada del capital criminal que luego se trasladó a las instituciones de control, así también el laboratorio para el surgimiento de la economía de la extorsión. 

En el año 2021 se dio la más grave masacre carcelaria producto del control que los GDO sobre la gestión de las cárceles. Este control pronto salto por fuera de los muros de los centros penitenciarios y empezó a operar de manera violenta en los barrios populares donde empezó el negocio de la extorsión y en las zonas de distribución, transporte y exportación de la cocaína. El gobierno de Lasso no solo que fue rebasado por la violencia de las economías criminales, sino que se vio involucrado en el caso “León de Troya”, una de las mayores tramas de corrupción entre instancias del Estado y la mafia albanesa. La denuncia de este caso llevó al Lasso a decretar la muerte cruzada para evitar el juicio político en la Asamblea Nacional. Con el artículo 148 de la constitución, Lasso disolvió la Asamblea y convocó a elecciones anticipadas.  El uso de este recurso constitucional fue la muestra evidente de una grave crisis institucional producto de la corrupción institucional, operada por las economías criminales que había llegado al poder ejecutivo.

Las elecciones anticipadas estuvieron signadas por el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio el 9 de agosto de 2023, 11 días antes de las elecciones anticipadas. Este crimen alteró todo el tablero político y evidenció la participación del capital criminal y los GDO en el proceso electoral. La débil democracia ecuatoriana había sido tomada por el capital criminal.  En medio de este caos criminal, gana la presidencia el joven heredero de la corporación Noboa, el emporio económico más grande del Ecuador. Suponer que esto es resultado de las elecciones donde siempre juega el azar contextual e histórico de una sociedad, creo que, en el escenario descrito, es ingenuo.

Revisemos el escenario. Crisis de la hegemonía estadounidense por el ascenso de la China, llegada de Trump al gobierno con su estrategia de guerra que implica a América Latina como su zona de seguridad frente a su enemigo geopolítico, que en las dos últimas décadas a penetrado comercialmente a la región. La política de Trump para América Latina ha sido llamada la “Doctrina Donalroe”, es decir, la versión de la Doctrina Monroe para el siglo XXI. “América para los americanos”, léase América para los estadounidenses, hoy en relación no con Europa, sino a la China. En continuidad con la política del pentágono y con la fuerte visión y participación del sionismo israelita, la guerra contra las drogas en América Latina se transformó en la “guerra contra el narcoterrorismo”. De esta forma convirtieron a todo latinoamericano en sospechoso de narcoterrorismo, a todo grupo social o político en narcoterrorista, a todo gobierno que no se alinea a la política estadounidense en narcogobierno, a todo presidente crítico a la política del pentágono en narcoterrorista. Cualquier país, región o territorio de América latina se convierte en objetivo de intervención militar de EEUU, todo a nombre del narcoterrorismo.   

En el marco de la estrategia de seguridad-guerra del gobierno de Trump, la violencia de los GDO ligados al capital criminal es muy conveniente. No solo porque la gran mayoría de dinero de los negocios criminales se lava en el sistema financiero de Estados Unidos, por lo que les resulta un negocio rentable de gran interés, sino porque el contexto de guerra criminal es un gran mercado de sus armas y el argumento perfecto para la recolonización de nuestros países. La invasión, bombardeo y secuestro del presidente Maduro en Venezuela para robar sus recursos naturales, es solo un ensayo de lo que Estados Unidos puede hacer en América latina.  A pretexto de la guerra contra el narcoterrorismo, el gobierno de Estados Unidos ha roto definitivamente el Derecho Internacional que ese Estado lo instituyó y lo usó a su beneficio durante 80 años.   

Dentro de esta lógica, la injerencia de cualquier tipo en las elecciones de nuestros países es evidente. Si son capaces de invadir militarmente nuestros países para imponer sus gobiernos títeres, la injerencia criminal en las elecciones para no dejar ganar a gobiernos que consideran hostiles a sus intereses estratégicos es absolutamente posible. Así han actuado a lo largo de nuestra historia republicana, la diferencia es que hoy lo hacen casi sin ningún argumento que legitime esta política colonial. Es en este contexto donde hay que leer la llegada de Daniel Noboa a la presidencia de Ecuador. No es un mediador, un presidente funcionalizado a sus intereses, es directamente un “ciudadano estadounidense”, dueño de una corporación económica con negocios e intereses empresariales con el capital occidental.  Hay dos áreas económicas fundamentales de intereses común entre el gobierno ecuatoriano y el capital occidental: la mimería a todo nivel y la narcoexportación y todos los negocios asociados a estas economías.  

El alineamiento geopolítico e ideológico del gobierno ecuatoriano al gobierno estadounidense no es un asunto menor. Mientras Estados Unidos consolida su área de seguridad estratégica en su guerra con el eje euroasiático -apoderándose de nuestros bienes naturales, culturales, sociales y obviamente de las ganancias del capital criminal- nuestros países, particularmente Ecuador, se desangran y se convierten en objetivos militares en un posible escenario de conflagración global. El alineamiento geopolítico en este conflicto global coloca nos coloca en la obligación de producir todos los recursos de guerra necesarios para Estados Unidos, uno de los más valiosos es la producción de capital transferible a los centros financieros de Occidente proveniente del narcotráfico.       

Así, la guerra no internacional decretada por Noboa en el 2024 es parte de la guerra geopolítica de Estados Unidos, es la manera de extraer recursos, controlar disidencias, acabar con opositores políticos, acabar con organizaciones sociales de resistencia, exterminar poblaciones incómodas, despejar territorios de interés estratégico. Una guerra que tienen como objetivo destruir las repúblicas latinoamericanas para integrarlas en el proyecto de la “Gran Norteamérica”, como territorios anexados, ocupados. Por un lado, nos enfrentamos a la palestinización de América Latina, a la amenaza del terror que la entidad sionista ha provocado al pueblo de Palestina y ahora del Líbano. Por otro lado, enfrentamos la destrucción de nuestros países por efecto del avance del capital criminal y su infestación en toda la sociedad.    

Qué nos queda, nos queda nuestra resistencia heredada de nuestros pueblos ancestrales e históricos. Nos queda la dignidad para parar la expansión de la muerte, nos queda proteger lo mejor de nuestros pueblos para el futuro de nuestros hijos. Nos queda la vida que defender. 

Leave a reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *