Bienvenidos al "Instituto de Ciencias y Culturas Indígenas"
Katik Macas
Como escritora indígena ecuatoriana, me siento en la obligación de hablar sobre un fenómeno que ha marcado profundamente nuestras vidas y nuestras identidades: el mestizaje y la profundización del mestizaje. Este proceso, que muchos consideran una simple mezcla cultural, es en realidad una forma de dominación que busca deslegitimar nuestras raíces andinas y borrar la riqueza de nuestras nacionalidades. Hoy quiero compartir mi perspectiva sobre este tema, apoyándome en las voces de mis ancestros y en la realidad que vivimos.
Desde tiempos inmemoriales, los pueblos indígenas hemos sido sujetos de un proceso sistemático de desindigenización. En Ecuador, somos 1.301.887 personas que nos autoidentificamos como indígenas, desde lo RUNA, kichwa, es decir, el 7,7% de la población ecuatoriana, pero muchos han caído en el discurso del mestizaje, creyendo que esta mezcla es un camino hacia la modernidad y la aceptación social. Sin embargo, el mestizaje no es un abrazo entre culturas; es un sometimiento. En el Virreinato de Quito, la población indígena era significativa; en el siglo XVIII, alrededor del 65% de la población total era indígena. Sin embargo, este número se ha reducido drásticamente a lo largo de los siglos debido a políticas coloniales y postcoloniales que buscaron borrar nuestras identidades. Este proceso de reducción y desindigenización se refleja en otros contextos, como en México, donde la población indígena pasó del 75% al 11% en un siglo, como señala Yasnay Elena. Esta disminución no fue casualidad, sino el resultado de políticas que obligaron a nuestras comunidades a olvidar quiénes somos.
La historia nos muestra que el mestizaje fue promovido por élites que deseaban blanquear a la población. José Vasconcelos, en su obra «La raza cósmica», propuso la idea de que la mezcla entre lo blanco y lo indígena era el ideal. Pero este ideal no consideraba la riqueza de nuestras culturas; al contrario, buscaba eliminar lo indígena, relegando nuestras tradiciones y lenguas a un segundo plano.
Mama Blanca Chancosa nos relata que el debate que dio origen al concepto de Plurinacionalidad y a la autoidentificación se inició en la década de 1980, alcanzando su punto culminante en los años 90, cuando se exigieron reivindicaciones como la educación bilingüe. En nuestras comunidades, hemos comenzado a cuestionar nuestra identidad: ¿qué significa ser indígena en un mundo que nos empuja hacia el mestizaje? A través de reuniones y diálogos, hemos reflexionado sobre nuestras costumbres, nuestro idioma y nuestras celebraciones. Es fundamental para nosotros comprender que ser runa no es solo una etiqueta, sino una conexión profunda con nuestra cosmovisión andina, que se basa en principios de reciprocidad y complementariedad. Esta búsqueda de identidad nos permite reafirmar nuestras raíces y fortalecer nuestra resistencia cultural en un contexto de desindigenización.
Blanca Chancosa, una voz respetada en nuestras comunidades, nos recuerda que debemos redefinir quiénes somos. No somos solo campesinos; somos naciones con historia, idioma y espiritualidad propia. Este proceso de reivindicación nos ha permitido elevar nuestra autoestima y afirmar nuestra identidad. Al hablar de nuestros derechos, también hablamos de nuestra cultura, de nuestras formas de vida y de nuestra relación con el territorio.
El mestizaje ha intentado borrar nuestras identidades, pero la resistencia cultural sigue viva. A pesar de las presiones para cambiar de apellidos o adoptar costumbres ajenas, muchas familias han decidido mantener su herencia. Historias como la de Eugenio Chusig (Eugenio Espejo) nos muestran cómo, a lo largo de los años, hemos tenido que ocultar nuestros orígenes para acceder a ciertos privilegios. Sin embargo, hoy nos negamos a seguir ocultándonos.
La filosofía andina nos enseña que el ser runa trasciende el género y la forma. Somos parte de un cosmos interconectado donde cada elemento tiene su valor. Esta cosmovisión nos invita a reconocer la importancia de nuestras raíces y a resistir ante un sistema que busca homogeneizarnos.
El mestizaje, lejos de ser un proceso que celebra la diversidad, es un mecanismo de dominación que busca borrar nuestras identidades. Como pueblos indígenas, debemos seguir luchando por la reivindicación de nuestras raíces y por el reconocimiento de nuestros derechos. Ser runa es un acto de resistencia, un compromiso con nuestra historia y una afirmación de nuestra existencia en un mundo que a menudo nos quiere invisibilizar.
Hoy, más que nunca, es fundamental que las nuevas generaciones se pregunten: «¿Quiénes somos?» y «¿Por qué es importante nuestra identidad?». Solo así podremos construir un futuro en el que nuestras voces sean escuchadas y nuestras culturas sean valoradas en su totalidad.